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BRIAN EPSTEIN
El primero
que se fue

Diego A. Manrique recomienda un libro que
desvela la vida y muerte del primer "quinto
Beatle", aquel hombre atormentado llamado Brian
Epstein. Aquellos tiempos en que los discos de
los Beatles no se vendían en ejercicios de
marketing, como ahora.
Cada mes se publica al menos un
nuevo libro sobre The Beatles. Sí; somos muchos
los adictos que tenemos que poseer (y saber)
todo-TODO sobre el grupo más importante de la
historia del rock y la industria editorial se
aprovecha de nuestra adicción. Pero también
salen libros que uno recomendaría --con ardor--
a cualquiera que tenga curiosidad por la
historia secreta del rock, aunque deteste a los
Beatles.
Por ejemplo, "Brian Epstein", de
Debbie Celler. Un libro de la rama editorial de
la BBC que Discoplay ha traducido con prontitud
y que vende a través del correo a razonable
precio, unas 1.500 pesetas (está editado en tapa
dura). Se trata de una biografía coral, donde se
suceden las voces de unas treinta personas que
trataron al manager de los Beatles. El propio
Epstein aparece con fragmentos de su libro "A
cellarfull of noise", sus (sinceras) entrevistas
públicas y unos reveladores diarios íntimos.
Un delfín entre tiburones
Epstein reunía en su persona dos
de las características habituales en algunos
lanzadores de ídolos durante los años cincuenta
y sesenta: en la industria británica y
estadounidense, muchos cazatalentos eran judíos
u homosexuales. Aparte de esas coincidencias, lo
cierto es que Epstein no se parecía nada a esos
depredadores, aptos en el usar y tirar carne
fresca.
Aquí nos encontramos con una
criatura atormentada, desgarrada por su vocación
de actor y por la presión de su próspera
familia, que esperaba se hiciera cargo de
algunos de sus negocios en Liverpool. Epstein no
tenía grandes facultades, pero llegó a ser
admitido en la Real Academia de Arte Dramático,
aunque renunció, tal vez a consecuencia de una
detención en Londres (los agentes de policía se
dedicaban entonces al infame deporte de atraer a
homosexuales para luego echarles encima el peso
de la ley). La familia, que también le respaldó
cuando sufrió en Liverpool una paliza y, con el
mismo protagonista, un intento de chantaje,
insistió en que se "normalizara" haciéndose
cargo de NEMS, la tienda de discos y
electrodomésticos de los Epstein (el nombre lo
heredaría luego el management de los Beatles).
El olfato de Brian
Allí fue donde Brian demostró un
inesperado sentido comercial. Aunque sus gustos
iban por la clásica y el jazz, adivinaba qué
discos de música popular tenían potencial para
triunfar. Un ingenioso sistema ideado por él le
permitía detectar lo que se vendía, aparte de
que se comprometía a conseguir cualquier título
no editado en el Reino Unido.
Así fue como se enteró de que
había demanda por un disco grabado en Alemania
por un conjunto local, The Beatles (aunque venía
firmado por Tony Sheridan and the Beat
Brothers). Empezó haciendo pedidos de
veinticinco copias y comprobó que se agotaban
velozmente. Curioso: fue a escucharles a The
Cavern, en la sesión del mediodía.
No era su tipo de club, no era
la música que paladeaba en su casa... pero vio
algo. Se convirtió en su manager. Y no fue, como
afirman algunos cínicos, atracción sexual por
unos chicos vestidos de cuero negro: incluso en
Liverpool, había formas más cómodas y baratas de
ligar.
El largo y tortuoso camino
(hacia el contrato)
Los Beatles firmaron y se
sintieron complacidos de que un señorito rico
creyera en ellos. De repente, a diferencia de la
mayoría de los grupos de la ciudad, tenían un
manager que se ocupaba de buscarles actuaciones.
Y un plan maestro que pasaba por hacerse con un
contrato de grabación.
Fue el peso específico de
Epstein como vendedor de discos lo que le
permitió presentarse en las compañías de Londres
y conseguir pruebas para sus protegidos. Allí,
las posibilidades de fichar a un grupo de una
ciudad como Liverpool eran mínimas. En todo el
Reino Unido abundaban los grupos similares, con
repertorio sacado de singles Made in USA.
Cuando, gracias a la insistencia de Epstein, se
consiguió que los Beatles hicieran una prueba en
Decca, fueron rechazados con palabras
escasamente proféticas: "¡"Brian, los conjuntos
están pasados de moda"!".
Los directivos de Decca han
pasado a la historia como responsables de un
error garrafal, pero la realidad es que aquella
sesión del 1 de enero de 1962 no generó música
arrolladora: sólo tres de las quince piezas
grabadas eran originales y la variedad de
estilos sólo revelaba a unos chavales habituados
a tocar largas sesiones ante públicos
heterogéneos. No eran los únicos incrédulos:
Tony Meeham, antiguo batería de los Shadows
convertido en productor de alquiler, no quiso
hacerles un single.
La cinta de Decca pasó por Pye y
Oriole con los mismos resultados. Por
casualidad, mientras visitaba al gerente de la
tienda de HMV en Oxford Street, surgió la
posibilidad de acceder a EMI. Más exactamente a
Parlophone, donde George Martin escuchó el
material de Decca y ofreció un contrato, aunque
no estaba totalmente seguro: su primera sesión
de grabación con ellos, el 6 de junio, estaba
concebida como una prueba; después de conocerles
y escucharles en carne y hueso, Martin dio su
visto bueno --con condiciones: exigió que Pete
Best fuera reemplazado en la batería-- y EMI
puso su firma junto a las de los Beatles.
Uniformes para cuatro salvajes
Algunos puristas dicen que
Epstein emasculó a los Beatles para hacerles más
vendibles. La evidencia es ambigua: puede que el
manager insistiera en el repertorio menos
estridente --para demostrar también que eran
versátiles--, pero ellos aceptaron sus adelantos
para comprarse ropa y adecentar su imagen. Todos
los grupos que comienzan son invitados a hacer
concesiones; los Beatles cedieron en algunos
casos, pero pronto retomaron el timón artístico.
Epstein disciplinó sus alborotados directos para
aumentar su impacto; el ser tratados como
profesionales --mientras sus competidores de
Liverpool seguían en el amateurismo-- hizo
prodigios por su autoestima.
Más seria es la acusación de que
Epstein se dejó engañar en los contratos que
consiguió para los Beatles. Vamos, que fue un
completo desastre en lo económico. EMI le
ofreció unas regalías miserables, pero no estaba
en condiciones de negociar: unos meses antes
había enviado a directivos de Columbia y HMV,
otros dos sellos de EMI, el disco grabado en
Alemania a modo de maqueta... cosechando sendas
cartas tipo "Gracias pero no".
Pagando el pato
Sí pecó de ingenuo al ceder el
50% de los derechos editoriales a Dick James,
cabecilla de DJM; en el libro, Paul McCartney
cuenta que aceptaron estampar sus firmas tras
oír el bla-bla-bla de un abogado del que ellos
pensaban que representaba sus intereses, aunque
en realidad era un enviado de DJM. Todas las
desdichas de los Beatles en ese aspecto --el
hecho de que sea ahora Michael Jackson el
propietario de las canciones-- derivan de aquel
error. Ocurre que el mundo de las editoriales
era un misterio para ellos, igual que para
muchos rockeros actuales.
En el año 2001 es muy fácil
echarle la culpa a Brian Epstein, pero... un
momento, un momento: estoy seguro de que hoy,
ahora mismo, se están firmando contratos
igualmente leoninos sin que protesten los
músicos o sus representantes, que olvidan las
precauciones elementales --por ejemplo, que
alguien revise la letra pequeña-- al estar
deslumbrados por las promesas de estrellato.
Como los Beatles, ellos también están ansiosos
por grabar y pactarían con el diablo (y muchas
veces el coleguita de la discográfica es
realmente el demonio, aunque no tenga cuernos ni
cola).
En "Brian Epstein" se evidencia
que era un personaje hasta demasiado caballeroso
para el negocio de la música: creía en la
palabra dada. Cumplía sus compromisos: los
Beatles hicieron actuaciones por un caché mínimo
que se habían firmado cuando todavía no había
comenzado el boom (en esos casos se suele
renegociar el dinero o, si el manager tira hacia
lo despiadado, se suspenden con un falso
certificado de enfermedad). También puede
afirmarse que la honestidad de Epstein y su
insistencia con modos de "gentleman" le abrieron
muchas puertas, especialmente en Estados Unidos.
Su mayor error fue en el asunto
del merchandising, precisamente con empresas
estadounidenses: Epstein cedió permisos para
comercializar objetos relacionados con The
Beatles a compañías pequeñas británicas hasta
que dio la exclusiva a una grande, Seltaeb, con
base en Nueva York... por el ridículo porcentaje
del diez por ciento de los beneficios. Cuando
advirtió el error y comprobó que Seltaeb no era
diligente en los pagos ni en la contabilidad,
fue a juicio contra ellos. Seltaeb respondió con
una contrademanda, alegando que los anteriores
permisos eran ilegales. Seltaeb ganó en primera
instancia y Epstein, obligado a testificar en
Nueva York, sufrió hasta que se logró un
acuerdo. Para entonces, el mercado del
merchandasing beatle estaba quemado.
La era del "Big rock business"
El problema es que con los Beatles nació el gran negocio del rock y no había un mapa, un manual para desenvolverse. Además, Epstein estaba al frente de una escudería de artistas de Liverpool que incluía a Gerry & the Pacemakers, Billy J. Kramer & the Dakotas o Cilla Black. Cuando él y los Beatles fueron a conocer a Elvis, el manager de éste, el Coronel Parker, alucinó al saber que Epstein no se dedicaba únicamente a John, Paul, George y Ringo. Tenía razón el viejo pirata.
Considerando las circunstancias, Epstein desarrolló una organización eficaz, que supo llevar al cuarteto por todo el mundo sin grandes contratiempos (excepto la desdichada visita a Filipinas, donde los matones del presidente Marcos agredieron a los melenudos, que habían desatendido una invitación de la simpática Ymelda). Una organización que funcionaba aunque Brian desapareciera unos días, en medio de una gira, siguiendo algún impulso sexual.
Una vez conquistado el mundo, los Beatles decidieron dejar de girar. Aunque algunos atribuyen a esa disminución de responsabilidades la posterior caída en picado de Epstein, lo cierto es que entonces tuvo la posibilidad de vivir a su gusto. Y lo hizo. A fondo. Se despertaba a la hora que quería y la toma de decisiones estaba a expensas de su nocturnidad. Se aficionó al juego y aumentó el abanico de drogas que consumía (marihuana y LSD, aparte de las de farmacia). Al margen de muchas aventuras, tuvo un noviazgo tormentoso con un chapero bisexual y rastrero que le proporcionó constantes disgustos.
Bienvenidos al cementerio pop
En realidad, Epstein fue la primera gran víctima de la era de permisividad que comenzó a mediados de los sesenta. Venía de una Inglaterra represiva y se encontró con libertad para vivir --discretamente-- su sexualidad. Es aquella maldición de "ojalá consigas lo que deseas". Pero, para comer los frutos de la libertad, debes tener una constitución fuerte que te permita digerir lo que antes te estaba vedado. Aparte de un cuerpo cada vez más débil, era sentimentalmente frágil: no pudo conseguir una relación estable y satisfactoria. Llegaron las depresiones.
Amante de los gestos dramáticos, hubo un intento de suicidio. Y, en previsión de repetirlo, tenía escritas cartas de despedida a su familia. ¡Atención! No a los Beatles. Aunque el cuarteto se había dispersado y sólo les veía ocasionalmente, Epstein no perdió el vínculo ni les acusó de desamor. Ellos hasta le perdonaron su mayor desliz: quiso vender el 51% de NEMS, la empresa que representaba a los Beatles y demás artistas, a Robert Stigwood, manager de Cream y los Bee Gees. Aunque Epstein se comprometía a seguir a cargo de Cilla Black y los Beatles, éstos vetaron el acuerdo y fueron tajantes en que no podían aceptar a otro manager y que estaban dispuestos a boicotearlo grabando discos absurdos. La fusión no llegó a realizarse.
El libro de Debbie Geller es especialmente minucioso respecto a los últimos días de Brian: el puente de agosto de 1967. Una sucesión de malentendidos, invitaciones a amigos que llegaron tarde a la casa de campo, un Brian que volvió a pasar el fin de semana solo en Londres. Allí, un exceso de somníferos. Quienes le conocieron creen que se tomó una dosis fuerte y más tarde, en estado semiinconsciente, volvió a repetir. Acostumbrados a que Brian cerrara por dentro su habitación y durmiera horas y horas, sólo se empezaron a preocupar cuando había pasado más de un día sin dar señales de vida. Cuando echaron la puerta abajo, en compañía de su médico, nada se podía hacer.
Los Beatles estaban fuera, rumbo a una sesión con el Maharishi. Tras recibir la noticia, quedaron anonadados. Lennon, el favorito de Brian, sólo repetía: "ahora sí que la hemos jodido. Esto es el fin, el fin de los Beatles". Se equivocó por tres años.
Diego A. Manrique
España y olé
En uno de sus textos de los años setenta (traducido en España por "Efe Eme", nº 4), Lou Reed comenta que le impresionó saber que Epstein tenía criados españoles que no hablaban inglés, por aquello de la discreción. En el libro de Discoplay se menciona a Antonio y María y se asegura que tenían un inglés limitado, pero suficiente para comunicarse. Debbie Geller no se ha esforzado en localizarlos, seguramente por contar con su predecesor, Lonnie Trimble, un mayordomo negro y mariquita que sí habla por los codos (y que prepara, faltaría más, una autobiografía sobre sus años con Epstein y, luego, Ava Gardner). Lo que sí testimonia "Brian Epstein" es el amor del manager por España. A John Lennon le llevó a Barcelona a disfrutar de unas vacaciones con, seguramente, secreta voluntad de seducción. Invitado por la BBC a su programa "Discos de la isla desierta", Epstein explicó que "tengo que tener algo de flamenco", e hizo sonar "Ritmo", de Carmen Amaya. Era, además, un aficionado a los toros, que se unía a la cuadrilla de Kenneth Tynan, Orson Welles y otros guiris fascinados por la fiesta. Adoraba a El Cordobés (su cuarto de baño estaba presidido por un retrato del torero). Y Epstein se aproximó a su representante para plantear la idea de una película que juntara al cuarteto de Liverpool y al "beatle del toreo", proyecto que, dadas las inmensas diferencias culturales, no fructificó. Curioso --e improbable-- que Robert Stigwood, cuando explica su intento de hacerse con el control de los asuntos de los Beatles, explique que "Brian deseaba retirarse del negocio de la música para convertirse en apoderado de toreros en España".
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